
Un duro lunes se vislumbra. Entre desaforadas celebraciones futboleras y el renacer del orgullo patrio cortesía de 11 millonarios vestidos de corto, se impone una banda sonora con la que poder gruñir ante tanta enajenación colectiva. Y para ello nada mejor que un poco de death sueco, del bueno, del de toda la vida. Olvidate de las melodías del sonido Goteborgh y sus tecladitos vergonzantes, esto es sudor y rabia. Curiosamente, Laethora es el proyecto paralelo de
Niklas Sundin, el guitarrista (y conocido diseñador gráfico) de una de las bandas emblemáticas de ese sonido como son
Dark Tranquility. Junto a él, tres miembros de los ya difuntos
The Provenance, banda también sueca adscrita al rock/metal de corte gótico. Para completar la formación, cuentan con la voz y bajo de
Jonatan Nordenstam.
Laethora nace como válvula de escape de unos músicos que necesitan liberar una mala hostia impensable en sus bandas originales, y como homenaje a ese sonido que hizo grandes a grupos como
Entombed, Hypocrisy o
Unleashed. Éste es su segundo álbum, tras su debut de 2007
March Of The Parasite.

La crítica a este álbum va a ser muy corta, porque poco hay que profundizar en un álbum que se adscribe casi al 100 % a ese maravilloso subgénero que es el death metal sueco. Ojo, y esto no lo digo como algo negativo, porque
The Light In Which We All Burn no inventa nada nuevo, pero es un fantástico disco de death metal, e incluso se permite añadir ciertos elementos ajenos al género que enriquecen el resultado global. Y lo más importante, estamos ante un álbum compuesto por 13 torpedos termonucleares dirigidos directamente a tu línea de flotación. 42 minutos de un álbum sin fisuras y más compacto y denso que el núcleo de una estrella colapsada. Partiendo de los estándares del género, en los que destacan esas guitarras rítmicas de sonido gordísimo y que so

n ya un distintivo de las formaciones extremas suecas,
Laethora se permite ir un poco más allá y retorcer su música con piceladas de grindcore que por momentos te recordarán a
Napalm Death o
Cephalic Carnage. Sin embargo, el quinteto no se abandona en ningún momento a la abrasividad absoluta, y todos los cortes exhiben un gancho (o groove, que dirían los anglosajones) incuestionable, merced a un trabajo en las seis cuerdas dotado de la versatilidad suficiente como para mantenerte enganchado al álbum de principio a fin. Ahí están ejemplos como la inicial
I As Infernal, que partiendo de una batería-ametralladora y un aire muy blackmetalero, desemboca en unos riffs gordísimos, ideales para desnucarte a base de bien haciendo headbanging. Del mismo modo, es imposible no sonreír de satisfacción ante pepinazos como
A New Day, la salvaje y muy punkarra
Saevio o la genial
Damnable Doctrine, sin lugar a dudas los puntos álgidos de
The Light In... Pero como ya digo, este es un disco que se mueve entre las grandes canciones y algunas simplemente excelentes. La guinda al pastel viene de la mano de ese animal de bellota que es
Jonatan Nordenstam, capaz de desplegar una guturalidad acojonante, y que por muchos momentos recuerda al gran
L.G. Petrov de
Entombed. Muy probablemente te vengan a la mente los también suecos
Bloodbath, y que curiosamente es otra banda de desahogo, en este caso formada por miembros de
Opeth y
Katatonia. Dos bandas que no han inventado la rueda, pero que queman asfalto a todo trapo con las que les legaron los padres del género.

Resumiendo, un álbum superior a la media, y que encantará a los amantes de ese fantástico death metal que vino del frío hace más de dos décadas. Ideal para llevar a cabo una matanza en cualquier celebración patriótico-futbolera de tu ciudad.
Nota: 8,5/10
1 comentario:
Es un disco al que necesito meterle más escuchas, pero lo cierto es que tiene par de temazos desnuncacuellos, y la voz de Jonatan Nordenstam es una de las más cavernosas que haya escuchado nunca. Interesante disco, sí.
Un saludo.
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